Dicen que se puede ganar todo en la vida, pero nunca más tiempo. Me acuerdo que mi abuelo lo entendió muy bien, como lo entiende cualquiera que – con poco tiempo – se despierta cada mañana para robarle un minuto más al día. Me acuerdo también que había enmarcado y puesto en la pared la ya gastada frase “El tiempo es oro”. Y en su momento no lo entendí.
Terminé mi travesía, mi viaje desde Asia hacia Europa por tierra. Seis meses inolvidables, no solo por los lugares, la variedad de culturas y la gente que encontré en el camino, sino por la riqueza interior con la que volví, más pesada que mi mochila, más pesada que la valija que tuve que agregar para meter regalos.
Físicamente puedo decir que es un fin, recién llegada a Buenos Aires. Pero todo viaje es tiempo regalado, y por ende, un comienzo. Era mayo cuando, en el vagón restaurant del tren transiberiano hablábamos con dos amigos mexicanos. Estábamos cruzando desiertos, camino a Mongolia desde Beijing, y entonces, charlando de esperanzas, sueños y horizontes nos bastaba con mirar por la ventana y perdernos en ese paisaje sin fin. La vida, desplegada frente a nosotros, y esa certeza de libertad para alcanzar lo que querramos. Porque como me susurraba desde el cuarto el cuadrito de mi abuelo, el tiempo es oro, y si lo aprovechamos, todo fin es un muy buen comienzo.
Muchas gracias por acompañarme durante cada día de mi viaje; desde las experiencias vividas, desde mis pensamientos, desde su lectura del blog, los comentarios y las fotos. Un placer, y será hasta el próximo!
Donde el corazón se inclina, el pie camina.
Fotos del viaje: Aquí

Escrito por Marina Kempny