Memorias del tren

16 junio 2010

Dicen que en Memorias del Subsuelo, Dostoievski volcó la oscuridad de sus – muy crudos para él – días de exilio en la Siberia. Y si de subsuelos se trata, nosotros nos ahogamos en uno de ellos, el mismo Infierno, a medida que el tren 349 atravesaba la vía transiberiana y dejaba atrás la ciudad de Omsk (la misma en la que padeció el autor). El calor de junio y de los pasajeros del vagón número 11, platskart, chocaba con las ventanas selladas y mojaba almohadas, sábanas, panzas de cerveza sin remera y toallas en la frente. Al tiempo que nuestras mentes aplastadas despertaban demonios.

Dima, por decir Juan Fulano, traspiraba la cama de arriba; y en la mesita de abajo llovían las canas de su pecho florido y blanco. Despacito como copos de nieve, entre caspa y plumas del colchón, posándose sobre tazas de té, libros y anteojos. Despacito, en silencio, como su callada presencia. Por momentos las piernas de su pantalón pijama aparecían desde el techo, con un movimiento ágil, rápido, silencioso. Y entonces Dima se sentaba a los pies de mi cama, sin hablar con ninguno de los demás pasajeros pero con inquietos ojos azules que miraban y escuchaban todo. Debajo de su cabeza oscura y entrecana le faltaba pasión a sus facciones y su cuerpo todo. Pero sin embargo me recordó a Dmitri Karamazov (Los hermanos Karamazov, Dostoievski), quizás por su imagen decadente, y esa apariencia de mente quebrada. Aplastado como todos nosotros por el calor del Infierno, Dima además parecía  perdido en sus demonios internos. Entonces el tren llegó a la ciudad de Tyumen, Dima bajó nuevamente de su cama, devolvió sábanas y toalla de mano a la provodnitsa (mujer encargada del vagón), preparó bolso y ropa. Cambió su pijama manchado en la cola por un pantalón oscuro con cinturón, y desdobló la camisa guardada. Abotonó los puños celestes y sucios. Chasqueó con un tssstt sus dientes de oro. Se bajó del tren.

En el compartimiento de al lado, Irina me invitaba a tomar un té en su cama, que se convertía en mesa. Rusa buyrat, proveniente de Chita, llevaba a Moscú sus 20 años y sus ojos rasgados a lo mongol. Su actriz preferida era Natalia Oreiro, en todo el vasto mundo, que además consideraba tan beautiful girl. En sus días de tren, soñaba con la Visa para ir a trabajar a USA y extrañaba a su novio Sasha. Nos conocimos porque yo lo llamé, me contó. Trabajaba como mesera en un bar, lo vi sentado en una mesa, me gustó, conseguí su teléfono por un amigo. Entonces Irina se calzó tacos altos (esos tan altos como usan todas las rusas) y el mejor vestido. Sus amigas le enrularon el pelo lacio teñido de rubio. Y desde entonces Irina caminó las calles de su barrio con novio en mano.

May I take a picture? Me preguntó en el pasillo Zhenya, ruso de la ciudad de Perm. Shast for memory in mai maind. ¡Claro que sí!  Sonrisa los dos y flash de su cámara. I happy because met you, brave girl in Russia alone, cool… Argentina, cool. Zhenya volvía a casa después de asistir en Irkutsk a una escuela misionera y a una Conferencia de un importante personaje de su religión, y venido desde Nigeria you know! . Me, cristian, me explicaba. Y al final Pufst! un diploma sí, una sonrisa, y vuelta a Perm con su amigo también cristiano.

Para entonces, la mitad del vagón estaba pendiente de nuestra conversación en basic –muy basic – inglish. Irina, Zhenya, yo, los chicos que me preguntaban si en Argentina jugaba al Counter Stricke en la computadora, los rusos en cuero y con tatuaje que miraban de lejos, las señoras que atentas y con sonrisa seguían la charla (con las traducciones forzadas de Irina) y se pasaban la voz entre ellas.

El tren se acercaba a Ekaterinburg, mi parada.  La provodnitsa pasó anunciando la pronta llegada. Fui a preparar mis cosas. Y minutos más tarde, todavía con cepillo de dientes en mano, me encontré a una señora esperándome en la puerta del minúsculo baño. Me enseñó entonces un papel escrito a mano: “Welcome to our home in Krasnoyarsk”. We’ll be very happy if you come, our family veeery long, mum, dad and three childs. Y seguidamente, Liza – que así se llamaba según su firma en el cartel – tan cariñosa, tan sonriente, rubia y flaca, anotó la dirección de su casa.

Zhenya también había estado escribiendo su papel para regalarme. We are very happinest that we met you! I belive that we are met again. We will be to learn English and Spanish, and visit your country! Marina is very beautifull and cool girl! Respect for you! Love! Zhenya!

De a poco, el sol del atardecer y la calidez de los rusos del vagón exorcizaron demonios y me rescataron del subsuelo. Puse mi primer pie en la estación de Ekaterinburg, y me alejé. Feliz.


Un fantasma genuino

7 mayo 2010

Con su nariz morena y arqueada, Mohd  miraba en silencio el horizonte. Yo esperaba su respuesta, y entre las luces de los edificios se me hacía difícil ver en la realidad oscura de su cara malaya. ¿Por qué te casaste con ella si no la amabas? Le pregunté en la terraza de un hotel; la ciudad era Kunming, en el sur de China. Treinta y tantos años dijo haber tenido cuando se casó, pero después de una década sus arrugas tenían poco más de cincuenta.

Yo me quería casar y una conocida me dijo que su hermana estaba soltera, y que podía organizar el casamiento. Pero ella nunca me contó que tenía un novio, hasta después de casarnos… Y yo quiero una mujer “genuina” así que me divorcié.

Su mujer lo engañaba?

No no, genuine means virgen. Si tenés un novio, por qué no te casás con él?

Bueno, a veces no funciona.

¡Pero entonces no tengas relaciones sexuales! Su tono de voz era suave, pero Mohd (apodo de Mohammed) decía estar muy enojado.

Si? ¿Después de tantos años?

Claro, mi enojo es largo, porque no entiendo. Si yo tengo una novia, me caso con ella. Por eso estoy acá, vine a buscar una mujer genuina. En Malasia es difícil, es una cultura muy moderna.

En el silencio del cuarto compartido, y entre mochilas abiertas de otros viajeros, la cama de Mohd es la única prolija y vacía. Solo una percha de la que cuelga un pantalón gris oscuro y una camisa estampada de colores también oscuros. Quizás su traje de conquista, cuando tres veces al día sale a buscar mujer por las calles de la ciudad.

Les sonrío y si me devuelven la sonrisa trato de empezar una conversación. Pero la barrera del idioma es un gran problema acá en China. No entiendo, en Malasia todos hablamos un poco de inglés. Para entrar en la Universidad es obligatorio saber inglés.

Mohd había llegado primero a Beijing, en busca de una mujer que había conocido en una Convención, allá en sus tierras malayas. Pero nunca la encontró. Así que encaró para el sur, a probar suerte en Kunming. Hasta el momento, nada, y en diez días volaba a Laos, para volver a Malasia pasando por Tailandia.

Y si no encuentro a nadie, decidí declararme soltero para siempre. Estoy cansado de buscar.

Diez años de infatigable búsqueda; diez años de caminar calles, ciudades y países. Porque ya había estado anteriormente en Laos y en Tailandia, también en Vietnam. Pero nada. Ninguna mujer genuina. Y no llegó nunca a Mongolia porque es un país muy moderno también, como Malasia, o al menos eso le había dicho una amiga mongola: mejor probá en China.

Si me dicen que tuvieron novio, entonces ya no las quiero.

Se acorta el plazo, pasan lo días, y las noches lo encuentran sentado en el bar del hotel. Porque Mohd no fuma ni toma alcohol, tampoco frecuenta nightclubs. Le interesan las mujeres con un poco de cultura, esas con las que se puede hablar de la vida y de las cosas.

La mujer genuina sigue siendo una sombra en las calles de Mohd. Y en mi cabeza, como un eco, sigo preguntando por qué te casaste con ella si no la amabas. En la terraza del hotel, con las luces de los edificios de fondo, lo único genuino es su nariz morena y arqueada… y el amor, un eterno fantasma.


El tren de los sueños

25 abril 2010

Tatán tatán –cliiiiiiiiin – tatán. Ho duerme el silencio del tren en uno de los asientos desocupados, camino a Hue. Su pie sobre la ventana, el agujero de su media y su sombrero de guardia de seguridad miran cómo la lluvia lava las montañas verdes, las flores, los campos de arroz y el azul del mar.

Tracka tracka clinch, tracka tracka, en los oídos de Joe, que con su pasaje de foreigner en el bolsillo, no podía pegar un ojo, anonadado por el paisaje. Tracka tracka, oh my God, clinch, tracka tracka, esto es incredible, clinch. El mundo está lleno de posibilidades, escuchó decir una vez, pero se reducen a muy pocas en la mayoría de las experiencias personales. Amarillo, verde, azul, blanco de la arena de las playas, blanco de las nubes sobre las montañas, la silueta del tren – en una curva – adentrándose en la selva… y sintió ganas de besar a Dios.

El mundo está lleno de posibilidades; si él mismo era el ladrón de las suyas, entonces en ese momento estaba de vacaciones. Dormidos los miedos, soñaba la vida, y su corazón se ensanchaba para golpear con fuerza la ventana.

Tatán tatán – cliiiiiin – tatán, le gritó el tren tantas veces a Thanh; cuando rodeado de  campos verdes y vacas corría vagones para alcanzar sueños. Ahora, con más desengaños pero no menos ilusiones, se sentaba en la locomotora del tren a Hanoi. Pies colgando hacia afuera, cigarrillo en boca. Y la única uña larga de sus dedos señalaba grandes iglesias -perdidas en tierras verdes de diez casas-, campos de arroz, chiquitos montando bueyes y hombres trabajando la tierra, bajo la sombra de sus sombreros vietnamitas.

Sí, ése era su lugar, pensaba con una sonrisa mientras el golpe del viento le abría los ojos. Y cómo le gustaba el tramo de Hue a Ninh Binh, donde desde el tren veía a las mujeres en bicicleta atravesar campos de arroz con su cosecha a cuestas, casi flotando…

“Casi flotando, como en una pieza de ballet” pensaba Vinh, al tiempo que daba su última pitada en la puerta del Vagón 3. De esas piezas de ballet que vio algunas veces, en Seattle, a lo largo de los 25 años en que dejó de ser Vinh para llamarse “Deivid”.

Y ahora estos campos de arroz, el verde, el amarillo, los sombreros, las bicicletas, las vacas… nada había cambiado desde 1975, cuando los vio por primera vez, como Oficial del Ejército de Vietnam del Sur y prisionero del Viet Cong. Entonces lo llevaban a una cárcel de Hanoi, luego de que USA se retiró de la guerra. Vivió allí 8 años de prisión y luego el gobierno americano le pagó un año de vida en Seattle. Vinh se llevó mujer y sueños, consiguió trabajo en ese período de tiempo regalado, cambió su nombre por David, tuvo dos hijos y extrañó oh yes so much a su familia.

Llueve fuerte en los campos de Vietnam. David vuelve a su asiento, junto a su mujer y a su hijo mayor. Espera impaciente la llegada a la gran ciudad, y se pregunta si podrá darle su revancha a Hanoi, esta vez como “Deivid”. Piensa que si. En el asiento de atrás, Ho se acomoda el sombrero de guardia, y el agujero de su media vuelve a la oscuridad del zapato.


Sólo un título

13 abril 2010

¿Ves alguna señal de comunismo en Vietnam? Me pregunta Binh, con su remera azul, de alguna copa asiática de fútbol, mojada y pegada a la espalda. Hace calor, los dos traspiramos en el colectivo de pocos asientos. En los faroles de la calle se intercalan la bandera vietnamita con la del martillo y la hoz. Rojo y amarillo, estrella vietnamita, martillo y hoz, estrella vietnamita, martillo y hoz…

No, le contesto. “Is just a title… we love property” me dice.

Pienso en el Tío Ho (como cariñosamente se lo recuerda al Ho Chi Minh de los billetes vietnamitas), pienso en los 100 años de ocupación china, o en la Cochinchina de los franceses (sí, la Cochinchina existía y quedaba acá). Pienso en los miles de ciudadanos peleando una guerra de guerrillas, en los 60’/70’, porque ya estaban perdiendo también su familia, cuando no su vida. Viet Cong, norteamericanos, rusos y chinos, Kennedy y Johnson… “Comunismo”, sólo un título, los vietnamitas lucharon por su propiedad: su tierra, su familia y su vida.

Me acerco a Binh. Al Binh nacido en Saigon de 1975, cuando todavía era Vietnam del Sur. Y me pregunto si en el norte conservador piensan igual.

¿Y los amerasians? Le cuestiono en tono de recuerdo, porque había escuchado sobre el rechazo hacia los hijos de madre vietnamita y padre soldado, pero soldado yankee. Se ríe.

Yo tuve un amigo My Lai (mi- lai), no lo volví a ver más desde que vino a llevarse a su madre.

Los My Lai son los hijos de mujeres vietnamitas y soldados yankees, también conocidos como “children of the dust”. Una vez finalizado el conflicto, estos hijos de la guerra quedaron sin padre y sin apellido. Para un vietnamita conservador era motivo de rechazo tanto el hecho de que estos chiquitos llevaran sangre americana, como que fueran hijos de madres prostitutas, y además, mujeres que se habían relacionado con americanos. Un hombre podía estrecharse manos con ellos, no una mujer.

Según había leído yo, estos tristemente nombrados children of the dust no sólo fueron rechazados sino incluso a veces abandonados y privados de oportunidades educacionales y vocacionales.

Pero ésos eran sólo los de Vietnam del Norte, conservadores, tuerce Binh. En el sur somos más “open minded”. Nosotros nacimos y crecimos con los My Lai; y,  después de todo, son también vietnamitas ¿no?

A Binh y a su amigo los diferenciaba sólo el color de pelo. Ambos nacieron el año en que Estados Unidos se retiró del conflicto, y ambos corrieron las calles de una Vietnamita unificada, todavía caliente de bombas y minas. A fines de los 80’ el Orderly Departure Program permitió tanto a Amerasians como a refugiados políticos a instalarse en Occidente, mayormente en USA.

Sin un padre a quien buscar, dada la falta del apellido, los amerasians volvieron a quedar huérfanos, esta vez de madre. Si bien el Programa contemplaba también su traslado, junto con su hijo, en la mayoría de los casos se trataba de mujeres muy humildes que no tenían seguridad de conseguir trabajo en América y asegurarse una vida. Ante ese temor, decidieron quedarse y le cobraban un buen número en plata a vietnamitas ávidos de emigrar, para que lo hicieran en calidad de padres adoptivos. Claro que éstos debían pagar otro buen número a la Policía para “arreglar” los papeles. Y como esta supuesta “adopción” era sólo una cuestión de trámite, una vez en USA,  sin lazo de sangre y sin amor, estas nuevas familias se quebraban.

Qué pasó con tu amigo? Le pregunté.

Se separaron también, cuando terminó el colegio. Después de unos años volvió a buscar a su madre a Vietnam. Esa fue la última vez que lo vi.

No vi ningún rubio de ojos achinados por las calles.

Ninguno quiso volver. Ya no hay My Lais en Vietnam.

Quizás podés buscar a tu amigo en Facebook. Nos reímos.

Comunismo, amerasians, padres e hijos adoptivos… “Just a title” vuelvo a escuchar en el recuerdo. Pero los vietnamitas son hijos de la guerra, y aunque pase el tiempo, y estén lejos o cerca, llevan ese apellido tatuado en su vida.


T estuvo una vez enamorado

31 marzo 2010

Con su camisa de seda violeta y su chaleco rasgado por el tiempo, T se pone su casco y arranca la moto. T (tií, así suena su nombre cuando lo pronuncia con sonrisa tranquila y dientes negros) conductor de tuk tuk, T hermano de una sola hermana, T camboyano moreno y bajito.

Son las 9.00 am y el calor de Camboya le golpea la cara y la mirada. Si es un buen mes, junto cien dólares, piensa, al tiempo que con sonrisa amable le ofrece sus servicios a un turista en la terminal de buses de Siem Reap. Si tengo suerte, también me contrata para que lo lleve durante tres días o una semana a los templos de Angkor, piensa después. Entonces T traspiraría calles con la seguridad de 12 dólares por día.

El viento le infla camisa y chaleco a T el chiquitito, que con su casco redondo y blanco parece la hormiga atómica. Porque T tuvo que aprender a ser rápido y ágil en las calles, porque T tuvo que apurarse para ganarle carrera a la vida. Como todo camboyano, su pasado – todavía presente – es trágico, el régimen de Pol Pot también asesinó a sus padres en los 70’. T quedó sólo con su hermana, en un país muy pobre. Camboya quedó con aproximadamente dos millones de camboyanos menos, sin libertad, sin educación, sin plata ni comida… en los cuatro años de gobierno del Khmer Rouge.

Viento, camisa inflada, manos en el manubrio, carro detrás, una bocina de cuando en cuando, y hagan lugar que pasa la expectativa de un nuevo día. Porque la fe y la alegría es lo único que no pueden robarle a uno.

T estuvo una vez enamorado. Pero como dicen algunos compatriotas “no money no happy”. Para casarse, el novio debe entregar cinco mil dólares a la familia de la novia, dinero que se usa también para la ceremonia. Según la región del país, la ciudad y la familia, puede ser menos (mil dólares) o más, por ejemplo si la novia tiene muy buena educación y mejor familia. Sea como fuera, es mucho para T… que estuvo enamorado pero cuya única familia es su hermana y sus dos sobrinos.

En Camboya el 70 por ciento de los casamientos se efectúa mediante esta suerte de “dote” del hombre. El 30 por ciento restante se celebra compartiendo los gastos entre las dos familias, porque se conocen o se caen bien. Entonces los hombres que no pueden amar, deben buscar suerte con las viudas.

T estuvo una vez enamorado. Un día, quizás, dejará de pasear turistas, y en cambio, en su tuk tuk, se inflarán al viento su camisa, el corazón y los pelos oscuros de su mujer camboyana.


Leyendas de opio

18 marzo 2010

Vienen de las tribus de montaña y todas tienen temas similares: la planta de opio crece en la tumba de una joven muchacha o de una vieja con mal olor.

Van dos leyendas de la tribu Akha

1- Hace mucho tiempo atrás había una joven mujer que por ser tan bella tenía muchos pretendientes. De todos ellos, siete la habían impresionado. Un día, los siete fueron a pedir su mano en matrimonio, pero la joven muchacha no quiso elegir a uno en particular por temor a ofender al resto, entristecerlo o hacerle sentir celos. Así que decidió hacerle el amor a los siete.

Aunque sabía que seguramente el tema le iba a causar la muerte, estaba feliz de hacer el sacrificio.  Cuando no pudo soportar más, pidió por la muerte y pidió ser reencarnada en una bella flor. Antes de morir le dijo a sus parientes que cuidaran muy bien de su tumba, donde la bella flor crecería desde su corazón. Y aseguró que le iba a encantar su savia a todo aquél que la probara, que iba a querer más, pero que al mismo tiempo le iba a otorgar el bien y el mal.

2- Hace mucho tiempo atrás, había una joven Akha que era muy bella pero al mismo tiempo tenía tan mal oloren su cuerpo que ningún hombre se le acercaba. Por esa razón, tenía una vida muy triste y solitaria, tanto que murió de corazón roto.

Antes de morir pidió un deseo y le solicitó a sus vecinos que cuidaran muy bien de su tumba. Cuando cualquiera probara la savia de la flor que crecería allí, querría probar de nuevo y de nuevo. Pero esa savia, además de darle un placer increíble también la causaría un terrible sufrimiento.


Mujeres de segunda clase

17 marzo 2010

Ella-quizás, oriunda de Chiang Rai (Tailandia), dejó atrás los concursos de belleza de “kathoey” en su barrio, y con sus gafas coloradas se fue a probar suerte entre la niebla de Chiang Mai, ciudad a una distancia de tres horas y media en bus. El humo de la “Ciudad Nueva”, que pierde horizontes y que no te permite discernir si Ella-quizás-es-Él.

El travestismo en Tailandia es muy popular y más aceptado entre la sociedad que en cualquier otro lugar. Dicen los que dicen que es el país con más travestis en el mundo, y que desde chico uno tiene la posibilidad de tomar pastillas para ir dándole forma a su sexo elegido. Dicen también que muchos viajan a Tailandia para operarse. Y dicen también que los travestis tailandeses son envidiados por sus contrapartes occidentales justamente por su look tan femenino, que ellos nunca podrán alcanzar.

En tailandés se los nombra como kathoey, y se los puede ver en la calle (viviendo abiertamente su nuevo sexo con una figura increíble), en las oficinas, en las telenovelas. No como un objeto de burla sino como un estado semi institucionalizado. Aunque, al mismo tiempo, siguen siendo considerados como “mujeres de segunda clase”.

Ella-quizás lo sabe. Y con sus Adidas blancas, y sus largas piernas coronadas con un mini short – que solo a Ella-quizás o una teen le quedan bien -, pasea por la ciudad su ajustado escote y su cartera violeta. Me ayuda a subir mi pesada mochila al Sawngthaew (mini van de transporte publico), con brazos que abrazan fuerte y con manos de esculpidas uñas maculinas, coloradas por cierto. Where are you from recita una voz masculina, y no sé si es la radio del chofer, si es la calle, si es la boca de Ella-quizás.

Entonces llega su parada, toca el timbre en espléndida pose de revista, se baja, y se pierde entre la niebla, caminando como en la pasarela. Quizás practicando para su próximo concurso.


Lian el monje

16 marzo 2010

Lunes ocho de la mañana en Chiang Mai.

Pelo rapado, tela naranja sobre su piel de 22 o 23 años, anteojos y un hello seguido del where are you from… Arshentina, y nos ponemos a hablar. Yo me ponía mis zapatillas a la salida del templo mientras el típico saludo se convertía en una amistosa y entretenida charla de media hora.

Lian from Laos… Lian que dejó sus tierras para hacer su Licenciatura en Artes (filosofia, psicologia, ciencias, lenguaje, arte, cultura).  Lian el monje que acababa de recibirse hacía unos días.

¿Por qué Tailandia? le pregunté. En Laos las materias se reducen a sólo Language y quienes quieren estudiar otra cosa, además de pagar más tienen que trabajar después para el Gobierno. Lian quería saber más, Lian quería ser libre. Lian estudió en Tailandia, porque además podía informarse de su Gobierno más que estando en Laos, donde la información es limitada… Lian se recibió, y quiere trabajar un tiempo como profesor voluntario y luego hacer una maestría en rural development. Porque en Laos son muy pocos los que quieren trabajar en áreas rurales – no da buena plata – y qué falta hace el desarrollo ahí.

Así que volver a Laos estaba en sus planes… claro, para devolverle a su tierra lo mucho que le había dado. Había estudiado ahí en la escuela de monjes, donde no sólo le enseñaron sobre el buddhismo (más profundamente que en cualquiera otra escuela) sino también sobre ciencias y materias terminadas en “ía”… porque luego uno es libre de elegir si quiere ser monje o vivir de otra cosa, un oficio, una carrera.

Lian aprendió también en las mañanas del templo, cuando el Abbot (líder de templo) le enseñaba sobre Buddha y sus fundamentos. En el budismo theravada (el de Tailandia) es muy importante la enseñanza además de la vida monástica. Y todo monje debe estar preparado para responder a preguntas de la gente laica.

Pero además de la teoría (lo que sería el Dharma) están las reglas y la práctica. Podemos representarlo entonces como Buddha (reglas), Dharma (teoría) y los seguidores (la práctica).

Al principio no había reglas, pero había tantos monjes y de tantas partes del mundo que se hizo necesario para ordenar la cosa. En ese principio se trataba  de manejar internamente los miedos y eliminarlos. ¿Cuál es el mayor miedo del hombre? pensó Buddha, la muerte. Ergo, había que morir antes de morir. ¿Cómo? de tres formas: no odiar sino amar, no ser codicioso, y no engañarse a sí  mismo (aceptar por ejemplo que el cuerpo envejece, que uno muere, etc no adornar la vida con eufemismos).

Y entonces vinieron las reglas, que de a poco – y a medida que fue necesario - se elevaron a 234 (¿doscientas treinta y cuatro? Yes – entre risas - lazy monks). Los laicos tienen solo 5 reglas fundamentales: no matar, no mentir, no robar, no tener sexo con otra mujer u otro hombre si estás casado, y por último n0 tomar alcohol… Y mientras yo hacía un paralelismo con los mandamientos y preceptos católicos, remató con un But, y me dijo que esas cinco reglas pueden reducirse a tres: no hacer el mal, hacer el bien (que incluso sale de no hacer el mal) y purificar el alma. De qué sirve hacer el bien si el alma de uno no está pura y en paz.

Terminamos la charla, yo empezaba mi día de trekking por las montañas de Chiang Mai, las mismas que – me dijeron – subieron los elefantes, hace unos años, asustados por el temblor de las aguas tailandesas. Las mismas montañas en las que conocí a M (em), cazador de tarántulas. M, que además era budista y que con cerveza marca Chang en mano me recordaba la última de las 5 reglas mencionadas por Lian: no tomar alcohol.

M tomaba su trago y sonreía, pensando quizás en las tres básicas reglas. Lian, en cambio, sonreía horas antes con su anécdota del turista, que muy gentilmente se había acercado a regalarle una cerveza como ofrenda… un jaja y un qué insólito, seguido de un que tengas una linda jornada de trekking. 


La casa de los espíritus

14 marzo 2010

No es la de Isabel Allende, sino la que construye cada tailandés afuera de su casa, negocio, edificio para fomentar que los espíritus vivan independientemente de la familia… pero al mismo tiempo que permanezcan confortables para que brinden buena fortuna al lugar.

Las casas de los espíritus (phra phuum) típicamente se ornan al estilo de las estructuras de los templos, y se levantan en un pedestal, y en un lugar prominente del sector que ocupa el edificio.

Para que los espíritus suavicen la vida diaria, se les ofrece alimentos, bebida y muebles. Por lo general se las ve en el jardín de entrada de las casas. E incluso los negocios, bares y hoteles las tienen. Son verdaderos santuarios para los locales y se comen gran parte del real estate.


La vía de la muerte en Kanchanaburi

7 marzo 2010

Primera de la saga de “Historias para mis sobrinos”, dedicada a Facundo Arce, nacido un 17 de octubre, fecha en la cual, en 1943, los japoneses festejaban la conclusión de la emblemática vía.

Supongamos que se llama Él, tailandés, vestido con ropas oscuras y sentado en uno de los descansos, en medio del puente del río Kwai. El puente que para muchos PoW’s en 1942/43 significó agonía y muerte – como parte de la construcción de la denominada vía de la muerte – para Él representa hoy su fuente de ingreso. Con su violín entona  la melodía de la clásica película que relata el hecho histórico, y con su funda sobre el piso invita a que le dejen monedas o billetes. Algunos traspiran notas en los subtes de la ciudad; Él lo hace bajo el sol rajante de Kanchanaburi, pueblo tailandés a tres horas y media en tren desde Bangkok.

Kanchanaburi se encuentra en medio de un entorno idílico: entre cerros, selva y el muy lindo Mae Nam Khwae, o río Kwai. Paisaje espléndido que sin embargo se opaca frente a su trágico pasado, como campamento de prisioneros de guerra durante la Segunda Guerra Mundial y la construcción de la vía férrea que uniera Bangkok en Tailandia con Yangon en Birmania (hoy Myanmar).

Para la época de la Segunda Guerra Mundial, los japoneses tenían dominio sobre todo el sudeste asiático y parte de China. En puja constante con este último país (vecino a Birmania), la comunicación con tierras birmanas les era clave. Debido a las condiciones geográficas era imposible transportar suministros militares por tierra y el mar no llegaba hasta allá. Fue entonces que los japoneses decidieron construir una vía férrea de 415 kilómetros. La construirían los miles de prisioneros Aliados (soldados británicos, austríacos, holandeses y alemanes) que trasladaron a Kanchanaburi desde Sumatra, Singapore y Malasia. Con la promesa de que iban a darles mejores condiciones, los enviaron engañados en vagones de 7 metros de largo cada uno. Viaje de 4 días y 4 noches durante las cuales no pudieron recostarse completamente para dormir.

Como excelentes planificadores que son y con ingenieros educados en UK, para los japoneses la construcción de la vía no era un problema. Sí lo era en cambio el poco tiempo que tenían y las condiciones del terreno. En cuanto a los materiales, en concreto para la construcción del puente sobre el río Kwai, los sacaron de otro puente que desmantelaron en Java. Y como los japoneses son también excelentes improvisadores, transportaron el cemento ya mezclado en barriles de madera.

Según describió uno de los prisioneros en su diario de cautiverio, era como la torre de Babel, con chinos, malayos, ingleses y austríacos construyendo la vía en tiempo record y muriendo en el intento. Las condiciones en que los japoneses tenían a sus prisioneros invitaban a la muerte, sumado a que a medida que la vía avanzaba, no lo hacían los campamentos base, que seguían en su lugar. Los prisioneros tenían que marchar durante días a su zona de trabajo, cargando su equipamiento, sus improvisados suministros médicos y materiales de campamento. Incluso al pasar por otros campamento con cólera, enfermaban ellos también.

La supervivencia no sólo dependía de las condiciones geográficas y sanitarias del lugar, también era clave el liderazgo tanto del japonés como del soldado Aliado a cargo de su Flota. Los japoneses trataron con mucha crueldad a sus prisioneros, quizás en gran parte debido a que nadie en su sano juicio envía a sus mejores militares a controlar a los prisioneros de guerra; los japoneses tampoco. Los líderes a cargo en los campos eran a veces koreanos enviados a ocuparse, o militares japoneses de bajo desempeño y resentidos justamente por su “castigo”.

La construcción se empezó desde los dos extremos. Había trabajadores en Birmania y en Tailandia que trabajaban para unirse un 17 de octubre de 1943 en Konkoita, a 263 kilómetros de Nong Pladuk en Tailandia (cercano a Kanchanaburi) y 152 kilómetros de Thanbyuzayat, Birmania. Hecho que se festejó entre las tropas japoneses y que se simbolizó con un clavo de oro en la unión. A lo largo de la vía de 415 kilómetros de largo, hubo 680 puentes de madera y 415 de acero. E incluso, ante los bombardeos de los Aliados, sobre el río Kwai se construyeron dos puentes: el primero de madera – que reconstruyeron en caso de bombardeo – y el definitivo, de acero.

La vía de la muerte, como se denominó más tarde, operó durante 22 meses. Hasta que en 1945, los Aliados lograron derribar el emblemático puente sobre el río Kwai, y en agosto, tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki Japón se rindió.

Hoy el puente funciona más que nada como atracción turística. Están sus vías originales así como las modernas que recorre un tren de pasajeros y otro – amarillo y chiquito, como de parque de diversiones – con turistas curiosos. De su pasado trágico solo quedan los recuerdos, reunidos en el museo de Kanchanaburi, el cementerio con varios de los 14.000 soldados aliados que murieron de malaria, cólera, hambre y trabajo forzado… Yqueda también la lastimera melodía de Él, que entona día tras día con su violín la canción de la famosa película El puente sobre el río Kwai.


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