El fin, un comienzo

2 septiembre 2010

Dicen que se puede ganar todo en la vida, pero nunca más tiempo. Me acuerdo que mi abuelo lo entendió muy bien, como lo entiende cualquiera que – con poco tiempo – se despierta cada mañana para robarle un minuto más al día. Me acuerdo también que había enmarcado y puesto en la pared la ya gastada frase “El tiempo es oro”. Y en su momento no lo entendí.

Terminé mi travesía, mi viaje desde Asia hacia Europa por tierra. Seis meses inolvidables, no solo por los lugares, la variedad de culturas y la gente que encontré en el camino, sino por la riqueza interior con la que volví, más pesada que mi mochila, más pesada que la valija que tuve que agregar para meter regalos.

Físicamente puedo decir que es un fin, recién llegada a Buenos Aires. Pero todo viaje es tiempo regalado, y por ende, un comienzo. Era mayo cuando, en el vagón restaurant del tren transiberiano hablábamos con dos amigos mexicanos. Estábamos cruzando desiertos, camino a Mongolia desde Beijing, y entonces, charlando de esperanzas, sueños y horizontes nos bastaba con mirar por la ventana y perdernos en ese paisaje sin fin. La vida, desplegada frente a nosotros, y esa certeza de libertad para alcanzar lo que querramos. Porque como me susurraba desde el cuarto el cuadrito de mi abuelo, el tiempo es oro, y si lo aprovechamos, todo fin es un muy buen comienzo.

Muchas gracias por acompañarme durante cada día de mi viaje; desde las experiencias vividas,  desde mis pensamientos, desde su lectura del blog, los comentarios y las fotos. Un placer, y será hasta el próximo!

Donde el corazón se inclina, el pie camina.

Fotos del viaje: Aquí


Vacaciones en Italia

26 agosto 2010

Es la hora del día en que los que salieron temprano de la cama, caminan sin apuro por las calles, saludan a los vecinos con un Ciao! alegre, cargan bolsas de supermercado, se sientan un rato en la plaza. Son las 12 del mediodía en Levanto, y yo me tomo un café. Con libro y sándwich en mano, con ese indiscutido placer que me brinda el solo hecho de sentarme en la vereda a mirar la gente pasar. No hay otro destino que alcanzar, no hay minutos que corran. Sin lugar, sin tiempo, solo el disfrute de una tarde de pueblo que comienza. Son unos días de vacaciones en mi viaje de 6 meses – que ya termina – y no tengo pensado viajar a otro lado más que a la heladería y a la playa.

En la provincia de La Spezia, en el noroeste de Italia, Cinque Terre es una porción de costa sobre el mar de Liguria. Formada por cinco pueblos (de ahí la denominación de cinque terre) que parecen caerse al mar, enclavados en montañas, terrazas y acantilados. El paisaje es increíble y no por nada la zona fue declarada Patrimonio de la Humanidad.

Los cinco pueblos son uno más encantador que el otro. Con sus casitas de colores subiendo la montaña, la ropa colgada en las ventanas, y calles angostas que doblan, suben y se pierden entre tonadas italianas. Una mujer mira por una ventana, un bebé llora detrás de otra, un pescador levanta la pesca del día, un hombre descansa en la reposera de su balcón, otro vende helados en la Gelatería, y el panadero prepara focaccias calentitas, al tiempo que un grupo de comerciantes despliegan diseños italianos en el mercado.

Y en medio de esa confusión del día y de los miles de turistas, que viajan o que sólo turistean, zumba una mosca en la calma que solo la vida de pueblo puede dar. Entonces, un buen vino a la tarde, una cerveza fría en una mesita debajo de un árbol, la sonrisa de los chiquitos jugando en los callejones, y el silencio de las antiguas Iglesias para un clásico día en estas cinco tierras.

Pero la mejor manera de disfrutar, completamente, de las Cinque Terre, es unir los pueblos caminando, y darse un baño en una de sus escondidas playitas del camino. Algunos tramos son muy largos y pesados (por las subidas y bajadas), pero pueden combinarse con el tren. Se trata de caminatas inolvidables en un paisaje exquisito, cruzando montañas bien verdes, terrazas de viñedos, campos de Olivos, flores, moras silvestres… y siempre el mar azul hacia un costado, grande, calmo, magnífico, salpicado de veleros y barcos, de playas y rocas.

Días de lectura, helados, vino y sol en Italia. Ya despidiendo el viaje y casi pisando Argentina. Días de siesta, de calma, y de vacaciones.

MÁS FOTOS, AQUÍ

DATOS ÚTILES

– Cómo llegar: pasaje de tren Udine -Levanto, € 58,5. Levanto está a la entrada de las Cinque Terre y es el lugar ideal para alojarse, lejos de los grupos de turistas.

– Dónde dormir: Ostello Ospitalia del Mar, € 21,5 (dorm 10 camas)

– Cómo irse: tren a Milan € 19,5. Bus desde la estación central de tren al aeropuerto € 8. Avión a Dusseldord (Alemania) € 58.


Un paseo por el Friuli

25 agosto 2010

Dicen que la región del Friuli,al noreste de Italia, es famosa por su excelente comida y su buen vino. Mi paladar, que probó ambos, puede dar fe de eso. Pero lo que más disfruté del Friuli fue mi encuentro con la familia. El primero, desde que en el siglo XIX Caterina y Oreste empezaron una historia de artistas, espías , pilotos de avión y personas que le sonrieron a la vida… y que yo conocí en fotos y cuentos que mi abuela nunca se cansó de enseñarme.

Mis días por esa rica e interesante región fueron un recorrido por esas historias y por rutas de viñedos, montañas, campos verdes y antiguas ciudades romanas. Inolvidables tardes junto con Giovanna y Aldo. Inolvidables tardes italianas.

Lusevera

Lusevera significa el alto Valle del Torre, y entre montañas, fue el origen de la familia de mi abuela. El territorio tiene un patrimonio exquisito de riqueza natural, montes y cuevas. Y no hay como visitarlo con los colores del verano. Pero también es un pueblo abandonado y dormido, que sufrió la destrucción total de sus casas en el terremoto de 1976,  así como la emigración y la dificultad que una economía de montaña, privada de soporte, puede generar en una época de industrialización. Sin embargo, Lusevera tiene un encanto que te invita a pasear por sus callecitas tranquilas y llenas de flores, para después cruzarte a Vedronza, un pueblo igual de lindo. O caminar por las montañas de la zona, uniendo diferentes pueblos, experiencia que dicen es imperdible.

Lusevera, Musi, Pers, Cesariis, Pradielis, Vedronza, Micottis y Villanova, con sus paisajes y su peculiar dialecto (de origen eslavo) son el patrimonio natural y turístico menos explotado del Friuli. Son una tarde de siesta. Un frío vino blanco en verano. Una caminata por las montañas. Un café con la familia.

Udine

Udine es una ciudad que mantiene todavía el espíritu de sus primeros años, con sus calles y plazas de edificaciones romanas antiguas, esculturas, fuentes y castillo.

Caminarla le recuerda a uno un poco a Venezia, y es una visita obligada si se anda por la provincia. Imperdible: meterse por callecitas escondidas, o espiar viejos bares en los alrededores del centro, con maquinitas de Casino, viejos amigos italianos y temática futbolera en las paredes.

Más fotos, aquí

Tarcento

Fue la Perla del Friuli por muchos años, con sus paisajes de montaña y una belleza universalmente reconocida que hizo también que varios artistas la eligieran como su casa. Y aunque sobrevivió intacta a las dos guerras mundiales, el terremoto del 76’ la golpeó muy fuerte tanto en su estructura urbana como social. Hoy es un pueblo pintoresco en donde pasear unas horas, que aunque parece dormido, se mueve bastante para recuperar lo perdido.

Trieste

Antigua colonia romana, fue más tarde ciudad del Imperio Austro Húngaro. Trieste está a orillas del Mar Adriático y en la frontera con Eslovenia. Fue la ciudad donde a principios del 1900 vivió James Joyce y donde hoy varios italianos disfrutan del sol, la playa y la buena vida, relacionada con la comida y el vino.

Más fotos, aquí

Grado

Dicen que es la madre de Venezia, ya que el patriarca romano que luego desembarcó en tierras venecianas, gobernó primero en Grado (luego de que los bárbaros invadieran la ciudad anterior). Años más tarde, Grado quedó chica y Venezia ofrecía mayor riqueza como territorio, el patriarcado volvió a mudarse, y en esta muy pintoresca ciudad quedaron playas de verano, y antiquísimos edificios romanos. Una visita para no perderse. La antigua Iglesia romana es impresionante además de vieja. La ciudad queda en una isla y está bordeada de mar y de un lindísimo lago lleno de barcos y botes.

Cividale

Fue la ciudad donde Julio César estableció su Forum, tuvo el rango de Municipio y fue uno de los más importantes centros comerciales y militares de la región. Más tarde, fue el primer condado Longobardo en Italia. Y hoy es una interesantísima ciudad para visitar, todavía con aire de aquellos años en sus calles, con sus casas intactas, sus monumentos, edificaciones, ríos y una historia de arqueros y ballesteros, que todavía puede sentirse en las banderas/escudos de las calles y en su celebración anual, Il Palio di San Donato. Cividale del Friuli, encantadora por donde se la mire.

Más fotos, aquí


Ojalá Venezia te enamore

22 agosto 2010

Thank you very muchoo!! salía de la boca de Marchelo, y de su nombre italiano, como sus días y sus piropos. Todavía con cierto ritmo en sus palabras, después de cantar Ojalá Venezia te enamore, su voz se perdía con la góndola al doblar una esquina, junto con los acordes de la guitarra de su próxima canción, junto con el gondolero – de remera a rayas – que traspiraba en la popa, junto con las sonrisas de los tres chinos, que sentados en el medio vivían encantados su postal veneciana. Al día siguiente, mandarían ese momento a su familia, por correo postal, hacia allá, donde los ojos rasgados adornan la cara de cientos de miles, con o sin gorrita, con o sin remera de tour organizado.

Sin niebla porque es verano, Marchelo se perdía entre canales. Los que cruzaban por alguno de los puentes de Venezia, lo escuchaban, lo aplaudían, se enamoraban de Venezia. Y la ciudad rebalsaba de turistas… en sus calles de solo peatones, en sus callejones sin salida, en sus negocios de máscaras y caretas, en sus heladerías y cafés.

Chiquitos y grandes perseguían palomas en la plaza de San Marco, mientras otros se llenaban el cuerpo de migas de pan para sacarse una foto con ellas. Migas en los brazos, en las manos y hasta en la cabeza. Una mujer de blanco pomposo abrazaba a un saco-y-corbata para posar frente al flash de una cámara. Y en medio del caos, allá arriba de cada edificio, calmas, silenciosas, e indiferentes, las estatuas de años parecían  prestar atención solo al sonido de los violines y pianos de los restaurantes.

Abajo, entre la gente y las palomas, estaba yo también, con mi Magnum doble chocolate derritiéndose en manos y boca. Mareada entre la multitud de cabezas y de plumas, de máscaras y de marionetas de Pinocho, de edificios antiquísimos y de estatuas. Venezia, Venezia! Pronunciado como “pizza”, pronunciado con” t-s”. Ciao beliiísima… me decía Marchelo. Ojalá Venzia te enamore la la.

Y me enamoró. Pero no esa Venezia, sino la del lado reverso de la postal. Más alejado del centro histórico, en un barrio de casas de altos y bajos, de colores naranjas y amarillos, en una calle sin turistas, dos viejas intercambian –cada mañana – sus chismes del barrio. Enfrentadas, de balcón a balcón, cada una sentada en su reposera. En el medio, aire; en el medio, curiosidad y la ropa de sendas familias, colgada en ténderes que unen edificios. Abajo, un chiquito pasa en bicicleta, otro patea una pelota. Más allá, una gorda pasea a un perro más enano que una rata. Y un viejo, con pucho en boca, vuelve del supermercado, saluda al vecino, le responde ofuscado a su amigo sentado en un bar.

Ay! Esa Venezia colorida y florida… ruidosa, aunque nadie esté en las calles. Porque las ventanas están todas abiertas, porque los italianos hablan a los gritos. Bienvenido a Venezia, bienvenido a Italia, te decís a vos mismo. Y con una sonrisa que no podés evitar, te sentís adentro de cualquier película italiana, clásica o nueva… pero siempre los italianos con ese encanto característico.

Ojalá Venezia te enamore, entonaba Marchelo. Si fuera Buenos Aires, le cantaría un tango, le cantaría Balada para un Loco. Piantao, piantao, piantao por las callecitas de Venezia con ese no-se-qué. Vení, volá, vení, retumbaría la voz de Marchelo entre paredes y canales de Venezia.

MAS FOTOS, AQUÍ

DATOS ÚTILES

–          Cómo llegar: pasaje de avión (Ryanair) desde Dusseldorf, Alemania, a Venezia, € 17. Una vez en el aeropuerto, hay dos o tres compañías de buses que te dejan en la ciudad por € 5. Ahí te tomás un vaporetto (barco colectivo, € 6,5) hasta la parada de tu hostel.

–          Dónde dormir: Ostello Venezia, €23 dorm de 12 personas. Desayuno incluído, aun que deja mucho que desear. En mi caso, mi cama estaba al lado de la ventana, y la ventana daba al agua. Amaneceres y atardeceres imperdibles! Super limpio. Cobran por internet, incluso si solo querés WIFI (€2,5 todo el dia)

–          Cómo moverse: por vaporetto. Es caro el pasaje, por eso lo mejor es sacar billete por 24 horas o por días. Siempre vas a ahorrar plata de esa manera. Vaporetto por 24 horas: € 18. Podés tomarte la cantidad de vaporettos y de veces que quieras.

–          Comer: Venezia es bastante cara, hay miles de opciones. Si estás con bolsillo apretado, pensá en comer sandwichs y focaccias. También venden pizzas por porción.

–         Cómo irse: el tren es muy buena opción y no muy cara en Italia. De Venezia a Udine (en la región de Friuli también) me tomó dos horas y me costó € 9. Hay vaporettos que te dejan en la estación de tren. Sacás el ticket al momento y te vas a donde quieras. Quizás tenés que hacer combinaciones pero es bien fácil.

– Por cuántos € vivir por día: cómodo €70, aunque podés bajarlo a 50 si comés solo sandwichs y si no te comprás nada además de comida.


Cambridge

12 agosto 2010

A menos de una hora de Londres en tren, Cambridge es un lugar ideal par escaparle al ruido y a la gente de las calles londinenses.

La ciudad está llena de universidades, con jardines, lagunas y patos… y esos edificios tan antiguos y grandes que inspiran, y al menos yo agarraría un libro si lo tuviera a mano, para perderme horas. El ambiente me recordó a la biblioteca del rey, en el British Museum, con libros y con objetos de todo el mundo que distintas familias coleccionaban y usaban para explicar la Historia. Los ingleses, piratas, sí, pero no solo por ladrones sino por curiosos y observadores del mundo. ¿Qué se le puede reprochar a un ladrón con ansias de conocimiento?

Pasamos en Cambridge una tarde con Maxi, Hernan y Gaby. Una tarde de relax, en la que disfrutamos también de un jardín con los violines en vivo de un casamiento. Botes en un río, parques verdes, puentes, calles curvas, chocolates y una caminata de horas que nos dejó muertos pero con una sonrisa.

MÁS FOTOS, AQUÍ


Oh my London

12 agosto 2010

Mi primera impresión de la ciudad no fue muy buena. Con mucho tráfico, ruidosa, tan grande y plagada de gente. Y lo primero que me dijeron apenas la pisé, “esta ciudad es una puta mieerrrrda”, con tonada italiana. Pero día tras día, de a poco, Londres me fue conquistando. Y de tanto escuchar “mind the gap” al subir o bajar cada vagón de su viejo y emblemático subte, salté el hueco y me enamoré de la ciudad.

Londres la cosmopolita, siempre despierta, interesante, con tanto por descubrir y visitar que no te alcanzan ni años viviendo ahí. Me dejó esa sensación de desconcierto aunque agradable, como la sonrisa de Mary Poppins al sacar de su bolso  miles de cosas que resultaba imposible imaginar adentro.

Y además de perderme en el subte y en los barrios, Londres me empalagó de negocios, tiendas (como Harrods) y mercados. Ideal para ir de compras si estás con bolsillo grande, porque las ofertas son tan “ofertas” que terminás comprando todo. Imperdibles los mercados de Notting Hill y Candem Town, este último con su onda particular y muchos recovecos por descubrir.

Y para relajar, nada como un picnic en los parques enormes, verdes y callados.

Lo mejor de mi Londres fue recorrer sus tantos barrios, y caminar entre casas inglesas de ladrillos, en calles que se doblaban y parques; South Kensington, Chelsea, Richmond (visita obligada) por nombrar algunos. En los que están a orillas del río Thames se puede ver a ingleses practicando rowing, si toca día de sol.

Por último, Londres la de miles de museos, todos gratis. Los Tate (Modern y Britain), el British Museum… Londres del barrio chino; del Soho, bien canchero, con cafés que invitan a un cálido stop. Y nada como terminar el día con una cerveza en algun  bar o pub londinense, con bandas en vivo y muy buenos amigos.

Si fuera una persona, Londres sería un “tipo con onda”. Porque es una ciudad lindísima y es una ciudad con toda la onda. Oh my London!

Imposible nombrar todo, como imposible me parecía de chica, y desde la pantalla, urgar en la cartera de Mary Poppins.

MAS FOTOS, AQUÍ


Un paseo por Hola landa

12 agosto 2010

Llegué desde Munich, Alemania, a la estación de Nijmegen. Finalmente en Holanda, me decía la enorme sonrisa que tenía en la cara. Qué buen momento! Qué sensación de felicidad, como cuando pisé el continente europeo con el Transiberiano. Holanda siempre había sido, en mis planes, el destino final. Y ahí estaba, con dos amigas de toda la vida que me esperaban. El resto de Europa no había sido planificado, el último mes y medio era solo un regalo.

Holanda fue una bicicleta, y fue un paseo con amigas de siempre y amigos de viaje. Fue buena cerveza y buen vino, y todas esas cosas dulces y calóricas que tienen para probar.  Sus ciudades perfectamente organizadas, prolijas y limpias, parecen construidas por Lego para Playmobil. Pero entonces está Amsterdam, para aportarle esa vibración de calles que viven; y también las ciudades chiquitas, de casas y molinos tradicionales, campos, tulipanes y vacas, que suavizan cualquier estructura.

Un paseo:

Nijmegen

Casa de Marianita y de muchos holandeses que festejaban el fin de un evento típico. Cantos tradicionales, lalalala con movimiento de manos y brazos, cerveza y muchas carcajadas. La ciudad es verde, con un río grande como su puente, y muy tranquila. Un lugar que muchos elegirían para vivir si no fuera por el clima.

Más fotos, aquí

Zaanse Schaans & Volendaam

Divinos. Dos pueblitos típicos, de casitas soñadas estilo holandés, viejos molinos de agua, canales, ríos, botes y barcos.  La clásica imagen de Holanda que uno tiene en su cabeza. Ideal es llegar en auto, para pasar –antes o después – por otras ciudades, también rodeadas de agua, de flores, de verde y de vacas.

Más fotos, aquí

Bloemendal

Una de las playas de la costa holandesa. La más top según dicen. Con restaurants, bares y barcitos. Ambiente de fiesta y una playa solo para disfrutar el sol si tenés sangre latina. El mar es helado y el viento es amigo de Mar del Plata.

Rotterdam

Un espectáculo de la arquitectura moderna, solo salpicada de edificios antiguos. En Rotterdam se respira y se ve modernidad. Pero siempre con arte. Ciudad muy rara y a la vez atrapante en su modo. Tardes de vino y picada en el barco de Peppie, del 1800.

Amsterdam

Qué ciudad! Increíble. Estás en la capital del país, pero de repente podés terminar en pleno centro, tirado en un muelle, al borde de un canal, solo mirando pasar botes a motor y alguna gaviota. Si Saigon y Hanoi en Vietnam son las capitales de la moto, Amsterdam está superpoblada de bicicletas. Incluso con estacionamientos exclusivos, vive alrededor de dos ruedas con pedales.

Una ciudad con mucha vida pero sin tráfico, sin el agobio de las grandes capitales. Y una ciudad super cool. Con sus mercados de frutas y chocolates, los de ropa usada y los alternativos. Las bandas en vivo en el clásico Paradiso (el edificio es una antigua Iglesia) o en uno de sus geniales parques. Los paseos en bote por sus miles de canales. Las calles y callecitas. Los bares, cafecitos y pubs. Mucho, mucho por ver, respirar, pedalear y hacer en Amsterdam. Apenas tuve tiempo para sacar alguna foto.

Días de bicicleta con Suzanne y relax en el parque con amigas.

Más fotos, aquí

Utrecht

La linda y tranquila, la linda y tan linda. Por si no quedó claro. Con sus canales, puentecitos, flores y calles tiene un aire a Amsterdam. Pero estás en la provincia, todo es más tranquilo, chiquito y cálido. Ideal para caminar y bicicletear, para tomarte un café o una cerveza en uno de sus tantos restaurants al borde del agua… o perdidos en callejones de luces y adoquines.

Como llovía, no saqué fotos y me dediqué a disfrutar bajo el paraguas. Con Marianita y Gaby. Antes pasamos por un Castillo de la zona, castillo de cuentos, de cisnes y de trampas para fantasmas.

Más fotos, aquí


Tardes de Bavaria

11 agosto 2010

Imaginate en un tren alemán. Estas en los Dos Miles de los siglos occidentales. Estás yendo al sur de Alemania, en la región de Baviera. Silencio. El de tus vecinos de asiento y el del traca traca o el chu chúuu que ya no gritarán locomotoras ni niños. Vos venís de tararear No parlo americano en los trenes de Berlin, con una mujer de vincha de lentejuelas y anteojos esfumados. Y en vez de la chica de negro – con collar de pinchos de metal, llevada por su amiga con una correa cual perro – te mira ahora desde el otro asiento un rubio correcto, que lee un libro de economía y se distrae con el Astor Piazzola de tu netbook.

Silencio. Silencio. Porque estás entrando en la atmósfera propia de esas historias de castillos, casas y puentes medievales. Cuando te contaban sobre príncipes, dragones e incluso caperucita roja. Estás entrando en la región de Baviera, la misma de Sissí emperatriz (Isabel de Baviera).

Llegás a la ciudad de Bamberg y cada día te da la sensación de pasar la página de un libro de cuentos. Sus calles, canales, flores y puentes; y vos perdiendo tus pasos en sus adoquines, sus parques verdes con lagos y patos, sus casas medievales. A diferencia de Berlín, Bamberg no fue bombardeada durante la guerra, así que mantiene todavía sus aires ancestrales. Imperdible es visitar también su catedral, vieja, tanto como las historias eternizadas en sus paredes.

Bamberg… la ciudad ideal para muchos alemanes y tuistas; la ciudad de las siete colinas y la de nueve cervecerías. Ahí estás, respirando la tarde en un jardín de rosas, con dos viejitos que gastan un banco, con Christina, una buena amiga alemana que conociste en Camboya.

Y como si fuera poco, te vas de picnic al jardín de una de las casas cerveceras; como lo hacen seguido los tantos alemanes rubios, macizos, y de carcajadas, felices con sus chops de cerámica. Probás su cerveza muy rica, su brezel  (pan en forma de moño, granulado con sal). Y te despedís en bicicleta, con una sonrisa y un “quiero volver siempre” como cuando no querés terminar la última página de un libro.

Entonces te vas a sonreírle a Munich, con su ayuntamiento tan imponente, en la Marienplatz, donde hace mucho se bautizó la clásica Oktober Fest (todo empezó con una boda), con un tipo específico de cerveza y el brindis de chops de un litro, no menos. Munich, también una ciudad de cuentos, de parques verdes y patos. Para pedalear feliz en sus miles de bicisendas, para bañarse, desnudo o con ropa, en sus ríos y arroyos.

Porque la Munich del verano es la ciudad de las tardes con amigos en el parque. Y en tu caso particular, entraste en una etapa –dentro de tu viaje – de encuentros, no con lugares sino con gente querida. A partir de ahora, y ya en Bamberg, cada lugar, un amigo.

Estás en el caño de una bicicleta, pasando por catedrales, universidades, cervecerías y plazas con fuentes chiquitas donde algunos alemanes enfrían sus cervezas. Atrás, Victoria pedalea con fuerza y te regala dos inolvidables días en Munich.

MÁS FOTOS, AQUÍ

DATOS ÚTILES

Tren de Berlín a Bamberg: €81 (first class), cuatro horas aproximadamente.

Tren de Bamberg a Munich: €20 (3rd class)

Tren de Munich a Nijmegen (Holanda): €136, cama, una noche de viaje.


La vida de los otros

22 julio 2010

Berlín, ciudad cosmopolita y moderna, ciudad de la moda. La primera imagen de Berlin en mis ojos fue una Iglesia con la cúpula rota por un bombardeo de la Segunda Guerra.

La gente no sabe perdonar. Y nosotros nos encontramos de repente sintiéndonos culpables de algo que no hicimos. Quizás es que se trata de olvidar y mirar para adelante, me dice Amelie, que con su nombre de origen francés, nació en la década del ochenta; y para cuando fue capaz de ver más que muñecas, estaba cayendo el muro de Berlín.

La Historia de los libros quedó presa en el papel, y a pesar de que todavía los alemanes de sesenta arrugas la llevan impresa en sus gestos ásperos, la Alemania joven parece entenderlo muy bien. Berlín es su expresión, Berlín es su inspiración.

Cuando caminas sus calles grises, los edificios anchos, altos, grandes cuadrados de cemento e imponentes de una manera opresiva, te transmiten todo el frío que el sol se niega a darte en verano. Y no te sorprendería encontrarte con un agente de la Stasi, mientras doblás una esquina ,  todavía con los huecos de las balas de guerra en una de sus paredes.

Pero basta seguir caminando y perderse – o encontrarse – en un callejón de grafittis, en un patio de negocios muy cool, de diseño y moda, o en una galería de arte. La Berlín de hoy, donde la oscuridad de sus viejos edificios (en un sentido simbólico) se refleja en los vidrios de su business center. Donde podés hundirte en el sillón y la música de un bar under. O regatearle a los hippies de un mercado, mientras una banda de street music baila con baterías, tachos de basura y panderetas. Y si todavía te quedó tiempo, la Berlín de hoy, donde también los diseñadores independientes tienen su espacio, entre los cafés de una especie de Palermo, no porteño pero Berlinés.


Y entonces doblás la esquina y no te encontrás con tus miedos, sino con una ciudad que parece burlarse de su pasado. Las paredes blancas o grises de los edificios de estilo soviético (tipo monoblock), están salpicadas de lagartijas grandes y coloridas, cuando no pintadas enteramente de diferentes colores – estridentes o pastel – con balcones,  macetas y flores, reposeras y ojotas. Los grafittis conquistan cada pared, incluso la de las obras pintadas por artistas en el Muro de Berlín. Y los turcos te sonríen desde el mostrador en sus miles de ardientes Kebabs.

Indescifrable y misteriosa, tanto para el Pasado (si fuera una persona) como para los turistas. Berlín vive, respira y nos atrae desde el otro lado de la ventana. Pegados a los vidrios, no podemos dejar de admirarla una y otra vez.

MAS FOTOS, AQUÍ

DATOS ÚTILES

–          Cómo llegar: desde Praga, Student Agency (bus): €30, cuatro horas y media.

–          Dónde dormir: A&O hostel, no es lo mejor pero el precio está muy bien (€8, 9 y 12) y la ubicación también, al lado del zoológico, que es una zona bastante céntrica, y de la estacíón de trenes y subtes. El desayuno es pago, no hay heladera ni espacio para cocinarte. Pero sí una terraza que está muy bien para una cervecita de final de tarde.

–          Dónde y qué comer: carísimo! Comer en la calle o comida turca es la mejor opción, si no podés cocinarte. Los chocolates Ritter Sport están regalados en el supermercado, no dejar de comprarse todas las variedades! (€ 1 los medianos, o €2 los grandes, pero son grandes eh). Imperdible probar el yogurt alemán. El mejor es el que viene en frascos de vidrio. Un antes y un después en la vida del adicto al yogurt.

–          Transporte: carísimo también! El tren entre ciudades puede salirte €80 o €100. Una locura. Y dentro de la ciudad sale cada pasaje €2,10 (el simple, si hacés combinaciones es más). Lo mejor es comprarse el ticket por € 6 válido para todo el día, todas las veces que te subas, cualquier tipo de transporte (tren, subte, tranvía). Para viajar inter ciudades hay otra opción, que es el colectivo. La línea es Berlin Linien Bus y podés encontrar pasajes por €20. Otra alternativa es comprar los tickets de tren en las maquinitas (en la caja siempre es mas caro) y buscar los que no son directos sino que tienen combinaciones. Entonces quizás en el camino te bajás varias veces, cambiando de tren. Pero viajás también por €20. El problema es dominar la maquinola, que si bien tiene para elegir el inglés o el español no funciona siempre.

–          Cómo salir: de Berlín al sur (Bamberg o Munich) en tren: €80, segunda clase. En bus, €40. Cuatro horas y media de viaje.


Siesta en el campo

19 julio 2010

Una visita a Praga no estaría completa sin un día de camping en una chiquita ciudad del norte de República Checa. Como Novy Jicin, por ejemplo, con su casco histórico, su castillo y sus miles de flores en verano.

Sólo el camino en bus hacia cualquiera de estas ciudades es un viaje en sí, en el sentido más completo de la palabra. Desde la ventana, campos dorados y verdes, lagos con veleros, casas rurales y cerros.

Uno o dos días fuera de la capital checa y despedís al país con el mismo placer con que te levantás de una siesta. Uno o dos días de caminar calles dormidas, de matar el calor de la media tarde en la osuridad de un pub de provincia. Novy Jicin en concreto es un lugar ideal para recorrer en bicicleta, tirarse a leer en el pasto y oler a flores en cada rincón, en cada esquina.

En 1915 era ciudad de desfiles militares en la plaza principal, cuando venía de visita un conde o emperador. Era también cuna de una creciente industria sombrerera, que llegó a vender sombreros a Arabia Saudita entre otros países. Y en 1915 Novy Jicin era también casa donde vivía un alemán, que quizás aburrido de los sueños de siesta, se fue a traducir barcos y océanos como políglota. Llegó un día a Brasil y nunca más volvió al mar. Cruzó a Argentina, escribió a su familia para que le enviaran una esposa. Se casó. Tuvo hijos. Y mientras cultivaba sueños en su huerto -a orillas del río Luján en el delta porteño -, Novy Jicin se transformaba en un enclave alemán, en las tierras checas de post guerra mundial, la primera.

Años más tarde, Hitler mandaría tropas para proteger a los alemanes de la zona de los sudetes: el norte de Moravia, Novy Jicin. Y a partir de ahí, por supuesto, conquistar todo el territorio y Praga. Y después de imperios, castillos y condes, guerras mundiales e invasiones, sombreros y desfiles, Novy Jicin sigue durmiendo su siesta.

Cae el sol en los campos de trigo, y mientras camino entre las coloridas casitas rurales de la ciudad, pienso en ese alemán de cuerpo menudo. El mismo que se fue a traducir barcos y océanos como políglota, el que llegó un día a Brasil para no volver nunca más al mar, y que fue el padre de mi abuelo en Argentina. Es una tarde de verano, y con su violín en mano, toca su última melodía en Novy Jicin.