El tren de los sueños

Tatán tatán –cliiiiiiiiin – tatán. Ho duerme el silencio del tren en uno de los asientos desocupados, camino a Hue. Su pie sobre la ventana, el agujero de su media y su sombrero de guardia de seguridad miran cómo la lluvia lava las montañas verdes, las flores, los campos de arroz y el azul del mar.

Tracka tracka clinch, tracka tracka, en los oídos de Joe, que con su pasaje de foreigner en el bolsillo, no podía pegar un ojo, anonadado por el paisaje. Tracka tracka, oh my God, clinch, tracka tracka, esto es incredible, clinch. El mundo está lleno de posibilidades, escuchó decir una vez, pero se reducen a muy pocas en la mayoría de las experiencias personales. Amarillo, verde, azul, blanco de la arena de las playas, blanco de las nubes sobre las montañas, la silueta del tren – en una curva – adentrándose en la selva… y sintió ganas de besar a Dios.

El mundo está lleno de posibilidades; si él mismo era el ladrón de las suyas, entonces en ese momento estaba de vacaciones. Dormidos los miedos, soñaba la vida, y su corazón se ensanchaba para golpear con fuerza la ventana.

Tatán tatán – cliiiiiin – tatán, le gritó el tren tantas veces a Thanh; cuando rodeado de  campos verdes y vacas corría vagones para alcanzar sueños. Ahora, con más desengaños pero no menos ilusiones, se sentaba en la locomotora del tren a Hanoi. Pies colgando hacia afuera, cigarrillo en boca. Y la única uña larga de sus dedos señalaba grandes iglesias -perdidas en tierras verdes de diez casas-, campos de arroz, chiquitos montando bueyes y hombres trabajando la tierra, bajo la sombra de sus sombreros vietnamitas.

Sí, ése era su lugar, pensaba con una sonrisa mientras el golpe del viento le abría los ojos. Y cómo le gustaba el tramo de Hue a Ninh Binh, donde desde el tren veía a las mujeres en bicicleta atravesar campos de arroz con su cosecha a cuestas, casi flotando…

“Casi flotando, como en una pieza de ballet” pensaba Vinh, al tiempo que daba su última pitada en la puerta del Vagón 3. De esas piezas de ballet que vio algunas veces, en Seattle, a lo largo de los 25 años en que dejó de ser Vinh para llamarse “Deivid”.

Y ahora estos campos de arroz, el verde, el amarillo, los sombreros, las bicicletas, las vacas… nada había cambiado desde 1975, cuando los vio por primera vez, como Oficial del Ejército de Vietnam del Sur y prisionero del Viet Cong. Entonces lo llevaban a una cárcel de Hanoi, luego de que USA se retiró de la guerra. Vivió allí 8 años de prisión y luego el gobierno americano le pagó un año de vida en Seattle. Vinh se llevó mujer y sueños, consiguió trabajo en ese período de tiempo regalado, cambió su nombre por David, tuvo dos hijos y extrañó oh yes so much a su familia.

Llueve fuerte en los campos de Vietnam. David vuelve a su asiento, junto a su mujer y a su hijo mayor. Espera impaciente la llegada a la gran ciudad, y se pregunta si podrá darle su revancha a Hanoi, esta vez como “Deivid”. Piensa que si. En el asiento de atrás, Ho se acomoda el sombrero de guardia, y el agujero de su media vuelve a la oscuridad del zapato.

2 Responses to El tren de los sueños

  1. Dino dice:

    Muy lindo artículo, seguí así estoy orgulloso de tener una (sobrina nieta) de este calibre!!!!
    Un abrazo
    Dino

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