Perdida en Siberia

¡Por Argentina! Y choque de copas en la calidez que solo una casa de familia puede dar. Afuera, las once de la noche sólo en el reloj, y el sol que no estaba parecía querer iluminar los monoblocks de Kemerovo… ciudad ahogada en el bosque, a orillas del río Tom.

Vicusha había vuelto a casa, desde Vladivostok, y con una visita de Argentina. La alegría de sus padres era el condimento de la casera cena rusa, y los chin chin con whisky eran más numerosos que los bocados. ¡Por Rusia y por esta familia tan agradable!

Mientras el sol de las 21.00 coloreaba de naranja árboles y carteles de cuidado con los siervos, el auto avanzaba por la ruta camino a Kemerobo y se sumergía en el bosque. El padre de Vicusha saltaba de su asiento tres segundos antes de cada pozo que no lograba esquivar. Y en el asiento de atrás madre e hija charlaban los dos meses de ausencia. Como copilota, yo, una argentina colada en la vida de los otros. Pero sí, estaba ahí, no sólo espiando esa otra vida (como el personaje de la película) pero viviéndola también. Y no podía estar más encantada. Me relajé y me dediqué a disfrutar de ese bosque sorpresivo para mí, en medio de la Siberia.

El tren de Irkutsk a Novosivirsk fue mi pesadilla siberiana. Descompuesta y con calor, me enteré a bordo que las doce horas eran treinta; esos malentendidos de la barrera lingüística. Pero en el transcurso de las pesadas horas, un soldado correcto, alto y buyrat (raza prima de los mongoles) me agasajó con chocolates y helados. Y conocí a Victoria – más tarde Vicusha – rusa de ojos claros, sonrisa y 24 años, que volvía a casa después de un romance en Vladivostok y de conseguir su Visa para USA.

Bajate conmigo en Taiga, me dijo, de ahí nos vamos a mi ciudad, Kemerobo. Yo apenas podía retener los nombres en mi cabeza, y no tenía idea de cómo iba a salir de ahí si me bajaba con Victoria. Apenas figuraban sus nombres en el mapa de mi guía. Pero ¿por qué no? pensé ante la iniciativa, y entonces un ok perfect, y pisé el suelo de Taigá. Un pueblito construido alrededor de la estación de tren, donde trabajan sus habitantes y donde nos esperaban los padres de Vicusha.

Con el sol cayéndose detrás de las casitas de madera, cruzamos en el auto las calles de Taiga, con manzanos en flor y chiquitas rusas paseando cochecitos con bebés. En una casa, un perro ladraba al aire arriba del techo de un viejo auto. Un pueblo sin sentido, diría Olinca – amiga de Vicusha y después amiga mía también – pero para mí fue uno de los mejores atardeceres de la Siberia.

Kemerobo resultó ser una ciudad bastante grande e industrial, con varias fábricas humeantes, pero tranquila a la vez. Típicamente siberiana, con casas de madera (aunque más hacia las en las afueras) y monoblocks en sus calles. Los clásicos tranvías y trolebuses que cruzan viejos colectivos, y en cada parque o boulevard, los monumentos de la Segunda Guerra Mundial.

En junio, pueden verse manzanos en flor bien blancos y la alegría de los rusos en la calle por el verano que comienza. Globos de colores, algodones de azúcar, trencitos y música en los mini parques de diversiones. Los puestos de Kbac (clásica bebida rusa con gusto a cerveza pero sin alcohol) también pueden verse en cada esquina de Kemerovo. El sol de la primavera recorta la figura de los chicos en rollers y las viejas rusas con pañuelo en la cabeza (blanco o floreado) se confunden con las clásicas matrushkas (las muñecas rusas de madera que tienen muchas muñequitas más en su interior). Muy lindos días en Kemerobo para los ojos, para el paladar – probando las clásicas comidas rusas, sus helados y chocolates – y para el corazón, al conocer personas tan cálidas que compartieron conmigo sus días rusos.

¡Por Argentina y por Rusia! Fue también el chin chin de la última noche. Esta vez con vodka, cerveza y coca cola, en una dormida escuela de Kemerobo. Con un grupo de veinteañeros alegres festejamos el Día de Rusia y miramos el 1 a 0 de Argentina – Nigeria. Entonces me fui llena de snickers, chocolates rusos, una larga lista de autores rusos para leer, y una muy grande sonrisa.

¡Gracias Vicusha y Olinca por tan lindos días!

MAS FOTOS: http://picasaweb.google.com/102014211594357479489/RusiaKEMEPOBO#

DATOS ÚTILES

–          Tren Irkutsk – Novosibirsk: R xxx

–          Bus Kemerobo – Tomsk: R 300, 4 horas. Diario.

–          Dónde dormir en Kemerobo: no sé de hoteles, pero couchsurfing es una buena alternativa. Seguramente es la casa de Vicusha.

–          Imperdible: el helado del Café de los Soldados (un Café que mantiene el estilo de la época Soviética, con una gorda también de la época, que sirve unos helados increíbles)

–          Tren Taiga – Ekaterinburg: R 1740, platskart. Taiga está a 100 km de Kemerobo.

–          Cómo llegar y cómo irse: bus desde y a Taiga. Kemerobo está fuera del trayecto del tren transiberiano.

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