La fastuosa y la oculta

4 julio 2010

Si en Moscú todo es GRANDE, en San Petersburgo todo es grandioso. Palacios, canales puentes, parques, teatros, el Hermitage… pomposos, extravagantes. Pero el monumento más vivo que puede haber de Pedro el Grande y los zares que le subsiguieron es el mismísimo ruso siglo XXI. Porque si hay algo que no mató la Revolución es el zarismo expresado en el sueño de gloria de esta ciudad.

La San Petersburgo de verano es aquella que no duerme, porque el sol nunca termina de irse y porque todos viven en una continua fiesta. Copas de champagne tintinean de noche, como a las diez de la mañana o a las tres de la tarde. Siempre hay un motivo para brindar, aun en el medio de la calle. Y el tuc tuc tuc de los tacones bien altos se escuchan y ven a toda hora, acompañando a rusas vestidas de noche, incluso cuando van al supermercado.

Y un caballo romántico en medio del tráfico puede sorprenderte tanto como el auto deportivo más caro y “fancy”, con el ruso leyendo el diario o acelerándolo a fondo. Motoqueros de agua paseando novias por los canales; lanchas con turistas sonrientes y altavoces; helados palito, panqueques; conciertos; limosinas de todas las formas y de diferentes colores (crudo, blanco y fucsia) abriéndose paso en cada calle. Por los general, estudiantes recién graduados ( que las alquilan para festejar) y casamientos. Ahhh los casamientos son la mejor parte y todo lo cursi que puede ser un festejo llevado al extremo. Los novios se pasean en su limo, hasta el punto donde se sacan fotos, que es siempre con un edificio increíble de fondo –como el Hermitage -, en un puente del río Nieva, o en un esplendoroso parque. Entonces la ciudad se llena del blanco de los vestidos de las novias, de las palomas que los recién casados tiran en el aire, de copas de champagne, de poses para las fotos… y lo único que les falta es la red carpet.

San Petersburg es una ciudad fantástica en verano. Porque además del clima de festejo que contagia, ahí está San Petersburg per se, tan grandiosa, tan linda que incluso a los mismos residentes vuelve a sorprender de tanto en tanto. Toda la ciudad es para caminar y para admirar. Y no hay como perderse entre canales, avenidas y callecitas, con esos edificios antiguos y coloridos, bajo el sol del verano, comiendo un panqueque o un shaverma.

Los parques del centro no son tan grandes como los de Moscú, pero si bien lindos. E invitan a una buena siesta, a un picnic con guitarra y a un helado palito. Pero lo mejor en mi caso fue caminar la otra San Peterburgo, la de los mercaditos, la de viejas con pañuelo vendiendo flores y verduras, la de calles con edificios siempre antiguos pero menos lujosos, la del borracho que camina atribulado entre los tachos de basura. La San Petersburgo de la sombra, tan interesante como es, la que no se sueña, se vive.

En verano, noches blancas para esta ciudad que no duerme, que baila, festeja y pasea.  Y al mismo tiempo ahí atrás, la San Petersburgo misteriosa que te atre como un imán.

Más fotos, AQUÍ

DATOS UTILES

Dónde dormir: Cuba Hostel, R 490. MUY buena onda del staff, terminás amigo de todos. Y mejor ubicado no puede estar, en pleno corazón de la ciudad.

Dónde comer: en cualquier stoll: pirogui (especie de pasteles salados y dulces, los mejores son los de pollo con champiñones). Zoom café: muy lindo y warm, comida rusa y occidental, muy canchero y el precio está muy bien. En puestos de shaverma, pedir el de pollo.

Imperdible: el Hermitage… si tenés tarjeta de estudiante entrás gratis. El edificio mismo es una obra de arte e imponente, pero además alberga obras de los más importantes artistas del mundo, desde un Leonardo Da Vinci a un Pablo Picasso. Un pecado visitar San Petersburgo y no pisar este museo. Ir media hora antes de que abra las puertas es lo mejor, despues la cola puede ser de hasta dos horas.

Pasaje de tren Moscú – San Petersburgo: R 1168, viajas toda la noche. Lo mejor es tomarse el lento y el que sale mas tarde.

Pasajede colectivo San Peterburgo – Tallinn (Estonia): R 801 por Eurolines, seis horas de viaje.

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Desde el techo

4 julio 2010

Corríamos por las calles desiertas de San Petersburgo. Calles de edificios antiguos y pomposos, calles sin árboles, calles con tranvías. Corríamos. Anna de la Siberia, Pavel del barrio y yo Marina from Arguentina. Quién nos apura? El sol me contestaron. Entonces empezaron a disminuir la velocidad a mitad de una cuadra. Había un cartel rosa de Wild Oscar Bar y me imaginé sentada en sus mesas de bar under. Pero nos metimos en el edificio de al lado, viejo como todos, con pasillos, autos y patios internos donde se esconden las puertas que llevan a los departamentos. Atravesamos la reja; Pavel apretó los cuatro dígitos de la clave de la puerta de entrada y shhh despacio y en silencio empezamos a subir las escaleras. Ninguno era nuestro departamento. Despacio y en silencio, subiendo escaleras. Pensé en Raskolnikov (Crimen y Castigo, Dostoievsky), pensé en todas las viejas con pañuelo en la cabeza que venden flores y frutas en las calles de los barrios como en el que estábamos, barrios como los de Dostoievsky y sus personajes. No muy lejos de Sennaya Ploshid (Hay Market), la plaza que Raskolnikov cruza al principio de la novela.

Y entonces, oscuridad, tablones, escalones sucios… para de repente ver el color naranja del sol rebotando en las cúpulas de Iglesias y en los edificios cercanos. Estábamos en el techo. San Petersburgo nos pertenecía. Clin clan clan clin se hundían las chapas bajo nuestros pies, y evadiendo cables llegamos con cerveza y snickers en las mochilas para brindarle al sol y a la ciudad.

Hablamos de sueños, de despertares, de esas cosas sobre las que escribió Carlos Castañeda, quien para los rusos es mucho más que un Don Juan. Hablamos de estar fuera del cuerpo. Cuando tomás conciencia de que estas soñando, es muy fácil despertarte, decía Pavel mientras el sol se nos perdía de vista. Pero tratá de mirarte las manos, a mi me funciona, entonces sigo soñando y despierto a la vez. Conceptos, ideas, nubes, el cielo naranja, la silueta de los edificios más lejanos… todo parecía confundirse. No estaríamos soñando también? Cuál era la realidad?  Y estoy en San Petersburgo, pensaba, de incógnito en el techo de un edificio de departamentos. Con el clin clan de las chapas. Y el sol que se iba.

Empezaba a oscurecer. Y San Petersburgo me decía Adiós con su atardecer, mi último. Los viajes están tan llenos de chaus! También holas. Pero qué hacer cuando sólo querés decirle hola a tu último adiós, a un abrazo prohibido, a una mirada.

Bajamos en silencio. La puerta se cerró detrás de nosotros. Y afuera la ciudad estaba aún más callada. Callada y vacía, con sus imponentes edificios y palacios. San Petersburgo y un Adiós.

FOTOS DE SAN PETERSBURGO, AQUÍ


Moscú

24 junio 2010

La Plaza Roja, el Kremlin, la Basílica de San Basilio… sí, pero nunca imaginé la Moscú de los miles parques y lagos. Moscú la verde, la de patos y puentes, la de helados palito. Y también la del Metro, con cada estación que es una obra de arte, bien merece unas horas en el subsuelo.

Definitivamente un lugar se define por su gente, también Moscú, como en la Siberia. Primero, Luis y Lula – Perú y Argentina – me abrieron las puertas de la ciudad y su gente, como residentes. Entonces pude descubrir la Moscú que está detrás de las postales. Después los moscovitas mismos, que una vez cruzada la barrera de “poca amabilidad”, te regalan con la calidez y la alegría de todo ruso. Porque Rusia es las imágenes, las noticias y la historia que leímos, pero la genuina Rusia es los rusos. Hay que vivirla.

Si viajás solo en Rusia, siempre estás acompañado. De repente te encontrás en una ciudad de la Siberia que no imaginabas, en la casa de una simpática familia. O en un café de Moscú, charlando con una vieja bailarina, que te habla en un mix de ruso con francés, tararea una canción de Lolita Torres. Después te invita al Concierto privado, en piano y violín, de sus amigos, que son músicos y profesores de Conservatorio, en la famosa peatonal Arbat. Y agrega, tocá el timbre de la puerta Nº 33 y entrá. Y si decidís tirarte bajo el sol de junio en cualquiera de los parques, seguro terminás charlando con el vecino de pasto, radio y traje de baño. Sacame una foto te dice, y te vas – según él – con el estereotipo de hombre ruso en tu memory stick.

Dicen que Moscú no tiene punto medio, la odiás o la amás. Yo le canté baladas, y ella me devolvió con una semana imperdible. Moscú fue un ballet en el Kremlin (El Lago de los Cisnes, nada más y nada menos!),fue también caminatas por sus peatonales famosas, y por sus calles escondidas, donde siempre encontrás una imponente Iglesia entre sus edificios, y un buen bar under para terminar el día.

Moscú fue levantarme cada mañana con los pajaritos, en un vecindario de monoblocks. Fue recorrerla desde el subsuelo, para contarme la época comunista a través del arte en cada estación. Fue comer helados palito en sus parques; visitar conventos e Iglesias para perderme en la riquísima tradición iconoclasta; fue dormir siestas a la orilla de un lago. Moscú fue recorrer el parque Ismailovo en bicicleta, el favorito de los Romanov antes incluso de convertirse en zares. Fue treparme a un árbol y dejar pasar el día, sentada en el tronco, mientras un grupo de patos se peleaba por su espacio de agua verde. Y Moscú fue también la tarde en barco por el río Moskba (imperdible); los mini parques de diversiones y atracciones (como Izmailovslkiy); y los imponentes parques Tsaritsino y Kuzkovo. Revivir en el primero la época de los zares, y respirar en el segundo un decaído comunismo. Y todo siempre grandilocuente. Porque todo está hecho a lo grande en esta ciudad.

Sin ser pedante, Moscú es pomposa, es grande, te envuelve, podés ahogarte y odiarla, o bailar con ella.

MÁS FOTOS, AQUÍ

DATOS ÚTILES

–          Dónde dormir: yo usé couchsurfing y como experiencia fue genial. En Ekaterinburg también. Es salir un poco del circuito turístico con todo lo que un residente te puede aportar.

–          Comer: la comida rusa no se caracteriza por ser muy rica y variada. Lo mejor es pararse en alguno de los puestos de comida georgiana, que es riquísima. También comer pirogui, dumplings (pilmienis) y los tradicionales panqueques (blini). No dejar de probar glintvein (vino caliente con frutas, clavo de olor y canela), medabuja y bdnj.

–          Qué visitar: Arbat y Kuznetsky Most son las dos peatonales famosas, al estilo Florida en Buenos Aires. Kremlin (R350 la entrada), Plaza Roja (gratis), Basílica de San Basilio (R180 la entrada, vale la pena!). Los parques mencionados en la nota son gratis y son cita obligada.

–          Estaciones de metro para bajarse y disfrutar o sacar fotos: Komsomolskaya, Arbatskaya, Ploshad Revolutsi, Biblioteca Lenina, Moyakovskaya, Prospekt Mira, Bornokadnoya, y todas las estaciones de la línea marrón.

–          Cómo ubicarse y moverse: el Metro te lleva a todas partes, no es muy fácil usarlo como en Beijing por ejemplo, pero con un mapa de las líneas y estaciones, y sabiendo leer el alfabeto, en un día te volvés experto.

–          De ballets, conciertos y óperas: no es caro acceder a una noche imperdible de estas. Por ejemplo, el Lago de los Cisnes en el teatro del Kremlin me salió R 400. Y valió en el disfrute muchísimo más.

–          Barco por el río Moscú: R 400, son dos horas y pasás por los principales puntos de atracción de la ciudad. Recomendable, es ver Moscú desde el agua. Además los rusos son muy divertidos, se gritan y saludan de barco en barco, o desde la calle y los parques.

–          Tren a San Petersburgo: R 1186. Es una noche de viaje. Tenés que tomarte el lento y de media noche, así estás toda la noche viajando. Si no llegás a San Petersburgo por la madrugada y tenés que pagarte un hotel. Sacar el pasaje con tiempo, al menos tres o cuatro días de anticipación para conseguir Platskart.

–          Alrededor de Moscú: yo no llegué pero sé que es imperdible visitar Suzdal y Vladimir. Dos ciudades chiquitas y pintorescas con su kremlin cada una. Son del grupo de ciudades muy antiguas que luego decidieron unirse para formar Rusia (y así defenderse, unidas, de los ataques externos).


Un mito

19 junio 2010

Ay! Pisé Europa! Esto merecía celebración, aunque era tanta mi alegría que no podía expresarse mejor que en mis ojos y en esa sensación interna de objetivo logrado. El tren dejaba atrás los montes Urales y las tierras asiáticas. Y el cielo naranja de las 10.00 pm me daba una palmadita cálida de felicitaciones. Entonces brindamos con limonada que Antoni sacó de su bolso de sacerdote ortodoxo, y monje (según aclaró).

Imposible tener mejores recuerdos de mis días transiberianos. Los paisajes de la ventana, los rusos con sus mil vidas distintas, ávidos por compartirlas con uno y siempre tan cálidos y sociales. Las comidas compartidas, los soldaditos de camiseta de rayas y  borrachera. Las provodnitsas de facciones duras pero que al final se ablandaban con una buena sonrisa. Las gordas rusas en las paradas vendiendo pescados ahumados, comidas tradicionales, ropas de abrigo y osos de peluche. Cada estación de tren, siempre pintorezca y limpia.

Este último tramo (de Ekaterinburg a Moscú) fue bastante distinto al anterior. Sin el encierro del calor sofocante, lejos de hundirnos en la casa de los muertos y de encontrar a un aturdido Raskolnikov (Crimen y Castigo, Dostoievski) caminando por los pasillos, parecíamos perdernos en una sinfonía de Tchaikovsky. Afuera, el paisaje había cambiado también. Verde muy verde, con prados y campos arados, vacas lecheras de perfecto blanco y negro, lagos, arroyitos y casas coloridas, también de madera como en la Siberia, pero más grandes y sólidas. Y como constante, las flores silvestres, amarillas, blancas, rosas y violetas, nos acompañaron durante todo el viaje, bordeando el tren y coloreando las miradas.

Llegamos a Moscú. Me bajé del tren con una emoción más pesada que mi mochila y un librito que me regaló Antoni, con oraciones de San Nicolás (EL santo de Rusia), en ruso lógicamente, y con estampita de los Arcángeles Miguel y Gabriel. Me despedí del simpático provodnitso, que me saludó con mano en el aire y un Jao aborigen (por Cristóbal Colombo, me explicó). E intercambié mails con Nuria, catalana alegre – porque de otra manera no pueden ser los españoles – y vecina de cama, con la que nos gritamos el español durante todo el viaje, porque no somos raza de susurros.

El mítico tren transiberiano, de ladrones, asesinos, misterios y miedos me regaló con muy lindos recuerdos y aún mejores experiencias.


Ekaterinburg, tragedia y amor

19 junio 2010

En alguna parte del mundo de textos, libros y mails que leí antes de viajar, alguien comentó que Ekaterinburg no le había gustado. En mi caso era cita obligada porque se trata de la ciudad donde asesinaron a la familia Romanov en 1918, y no es que iba en búsqueda de Anastasia, pero es una historia que me llamó la atención desde chica. Trágica como es, más trágica aún cuando estás ahí, dejás el libro de historia y entrás en la Iglesia que levantaron en honor a toda la familia. Adentro, dicen las malas lenguas que están los íconos más caros de toda Rusia, y también las imágenes de los Romanov que fueron canonizados y elevados a la condición de santos para la Iglesia Ortodoxa.

Lo mejor que podés comprar acá es el ícono de la familia Romanov, me dijo Sergey, un cincuentón simpático que parecía secretario o administrador del predio, porque se movía entre guardias y mujeres con pañuelo en la cabeza como pez en el agua. Yo estaba buscando algún ícono lindo para comprar y claro el ícono era muy lindo pero tampoco para tanto. Así que me compré uno de la Godmather, de Kazan, me aclaró Sergey, porque cada ícono tiene su historia y su ciudad de origen.

Por suerte para mí, le caí en gracia a este señor, y decidió hacerme de guía durante mi visita. Lógicamente, yo estaba de lo más entusiasmada. Admiramos el arte volcado en los íconos, en los frescos de las paredes y en la Iglesia (impresionante todo), y vivimos parte de una historia que tanto me había impresionado siempre. Pero el turista parecía Sergey, que se asombraba cada vez, de nuevo y de nuevo, y me relataba como lo hace un chiquito, cuando le cuenta a sus padres algo nuevo que descubrió. Después de enseñarme el ícono con el diente de leche, empotrado en el corazón, del único hijo varón de los Romanov, Sergey me llevó a la Iglesia del piso de arriba, donde los los íconos de plata y oro labrados, de vírgenes y santos, casi secuestran mis ojos para siempre. Y después de bajar los 23 escalones que descendieron Nicolás II, mujer e hijos  hacia el lugar donde los mataron (one, two, three… contaba Sergey a medida que avanzaba), vino la sesión de fotos – descubrí que a varios les gusta fotografiarme – y la visita al predio donde se aloja la cabeza de la Iglesia Ortodoxa de Moscú cuando va de visita. Sergey parecía en la Gloria, extendiendo brazos y admirando conmigo los frescos de las paredes y los techos. Y si, parecíamos estar en el cielo porque cada rincón celeste está pintado con la historia de Dios en la tierra, y es una obra de arte.

En el área de este sitio de la muerte de los Romanov, hay también una capillita de madera, en honor a la Gran Princesa Yelisabeta Fyodorovna, monja pía y tía del zar Nicolás II. Después de la muerte de sus parientes, ella no corrió mejor suerte; los bolcheviques la arrojaron a un pozo, y como seguía rezando por ellos y no se moría, la envenenaron con gas y la enterraron.

Después de la masacre, los cuerpos de los Romanov fueron transportados cuarenta kilómetros, donde los bolcheviques ocuparon dos días desmembrándolos y quemándolos para eliminar las pruebas. Meses más tarde, el Ejército Blanco encontró las manchas de sangre en la pared del sitio donde dispararon a toda la familia; y en el lugar donde los habían quemado, algunos huesos, el perro de Anastasia muerto de hambre en un pozo donde lo habían arrojado, y algunas joyas. Pero no fue hasta 1991 cuando encontraron los restos de la familia. Aunque aparentemente un detective lo había hecho unos 20 años atrás pero había callado por miedo. Puso los restos del Zar en una caja de madera y enterró todo.

Ekaterinburg aloja una historia trágica, pero también es una ciudad para enamorarse. Será por su río, y sus caminos floreados y verdes para bordearlo en una linda mañana de sol; o sus parques para tirarse de picnic, los chicos teniendo sus clases de arte, sentados en veredas y plazas, las flores de colores por todas partes, las iglesias y capillitas. Ekaterinburg es una ciudad moderna pero tranquila a la vez. Con avenidas, peatonales y grandes negocios, pero también su toque soviético y sus boulevards bien verdes. Tiene monoblokcs también, pero escondidos entre árboles y plazas, entre viejos jugando al ajedrez en la calle y chiquitos corriendo palomas.

Más sobre la historia sobre la muerte de los Romanov, aquí.

Más fotos, aquí.

DATOS ÚTILES

–          Dónde dormir: yo me alojé en casa de familia, por medio de Couchsurfing. Recomendable, vivís la experiencia rusa no tanto como turista. En mi caso, era un departamento en un clásico monoblock soviético. Nos intercambiamos buena información con los dueños de casa, y me fui con un acervo de música rusa en mi hard disk. Genial.

–          Dónde comer: imperdible es probar los pirogi, un clásico de los platos rusos y riquísimo. En la calle Gorikogo hay un restaurant (Stolle) que es muy lindo y aunque parece fancy, es barato.

–          Tren a Moscú: R 1732,9, platskart, entre 28 y 30 horas.

–          Cómo moverse en la ciudad: trolebús o bus, entre R 12 y 14 el pasaje.


Memorias del tren

16 junio 2010

Dicen que en Memorias del Subsuelo, Dostoievski volcó la oscuridad de sus – muy crudos para él – días de exilio en la Siberia. Y si de subsuelos se trata, nosotros nos ahogamos en uno de ellos, el mismo Infierno, a medida que el tren 349 atravesaba la vía transiberiana y dejaba atrás la ciudad de Omsk (la misma en la que padeció el autor). El calor de junio y de los pasajeros del vagón número 11, platskart, chocaba con las ventanas selladas y mojaba almohadas, sábanas, panzas de cerveza sin remera y toallas en la frente. Al tiempo que nuestras mentes aplastadas despertaban demonios.

Dima, por decir Juan Fulano, traspiraba la cama de arriba; y en la mesita de abajo llovían las canas de su pecho florido y blanco. Despacito como copos de nieve, entre caspa y plumas del colchón, posándose sobre tazas de té, libros y anteojos. Despacito, en silencio, como su callada presencia. Por momentos las piernas de su pantalón pijama aparecían desde el techo, con un movimiento ágil, rápido, silencioso. Y entonces Dima se sentaba a los pies de mi cama, sin hablar con ninguno de los demás pasajeros pero con inquietos ojos azules que miraban y escuchaban todo. Debajo de su cabeza oscura y entrecana le faltaba pasión a sus facciones y su cuerpo todo. Pero sin embargo me recordó a Dmitri Karamazov (Los hermanos Karamazov, Dostoievski), quizás por su imagen decadente, y esa apariencia de mente quebrada. Aplastado como todos nosotros por el calor del Infierno, Dima además parecía  perdido en sus demonios internos. Entonces el tren llegó a la ciudad de Tyumen, Dima bajó nuevamente de su cama, devolvió sábanas y toalla de mano a la provodnitsa (mujer encargada del vagón), preparó bolso y ropa. Cambió su pijama manchado en la cola por un pantalón oscuro con cinturón, y desdobló la camisa guardada. Abotonó los puños celestes y sucios. Chasqueó con un tssstt sus dientes de oro. Se bajó del tren.

En el compartimiento de al lado, Irina me invitaba a tomar un té en su cama, que se convertía en mesa. Rusa buyrat, proveniente de Chita, llevaba a Moscú sus 20 años y sus ojos rasgados a lo mongol. Su actriz preferida era Natalia Oreiro, en todo el vasto mundo, que además consideraba tan beautiful girl. En sus días de tren, soñaba con la Visa para ir a trabajar a USA y extrañaba a su novio Sasha. Nos conocimos porque yo lo llamé, me contó. Trabajaba como mesera en un bar, lo vi sentado en una mesa, me gustó, conseguí su teléfono por un amigo. Entonces Irina se calzó tacos altos (esos tan altos como usan todas las rusas) y el mejor vestido. Sus amigas le enrularon el pelo lacio teñido de rubio. Y desde entonces Irina caminó las calles de su barrio con novio en mano.

May I take a picture? Me preguntó en el pasillo Zhenya, ruso de la ciudad de Perm. Shast for memory in mai maind. ¡Claro que sí!  Sonrisa los dos y flash de su cámara. I happy because met you, brave girl in Russia alone, cool… Argentina, cool. Zhenya volvía a casa después de asistir en Irkutsk a una escuela misionera y a una Conferencia de un importante personaje de su religión, y venido desde Nigeria you know! . Me, cristian, me explicaba. Y al final Pufst! un diploma sí, una sonrisa, y vuelta a Perm con su amigo también cristiano.

Para entonces, la mitad del vagón estaba pendiente de nuestra conversación en basic –muy basic – inglish. Irina, Zhenya, yo, los chicos que me preguntaban si en Argentina jugaba al Counter Stricke en la computadora, los rusos en cuero y con tatuaje que miraban de lejos, las señoras que atentas y con sonrisa seguían la charla (con las traducciones forzadas de Irina) y se pasaban la voz entre ellas.

El tren se acercaba a Ekaterinburg, mi parada.  La provodnitsa pasó anunciando la pronta llegada. Fui a preparar mis cosas. Y minutos más tarde, todavía con cepillo de dientes en mano, me encontré a una señora esperándome en la puerta del minúsculo baño. Me enseñó entonces un papel escrito a mano: “Welcome to our home in Krasnoyarsk”. We’ll be very happy if you come, our family veeery long, mum, dad and three childs. Y seguidamente, Liza – que así se llamaba según su firma en el cartel – tan cariñosa, tan sonriente, rubia y flaca, anotó la dirección de su casa.

Zhenya también había estado escribiendo su papel para regalarme. We are very happinest that we met you! I belive that we are met again. We will be to learn English and Spanish, and visit your country! Marina is very beautifull and cool girl! Respect for you! Love! Zhenya!

De a poco, el sol del atardecer y la calidez de los rusos del vagón exorcizaron demonios y me rescataron del subsuelo. Puse mi primer pie en la estación de Ekaterinburg, y me alejé. Feliz.


La Oxford siberiana

16 junio 2010

Dicen que para ver y sentir una clásica ciudad siberiana hay que ir a Tomsk, donde puede encontrarse buena parte de la mejor arquitectura tradicional siberiana. Pero además, Tomsk hospeda una buena cantidad de antiguas e importantes universidades, y aloja en sus monoblocks a miles de estudiantes rusos. La Oxford siberiana, como la llamaron una vez, es una ciudad que encanta.

Escondido en el verde de sus árboles y bulevares, el tranvía atraviesa angostas calles de casitas viejas y anguladas hacia el costado, con ventanas y paredes de madera hundiéndose en la vereda. Y es imposible no perderse en los pasillos de la Universidad, en los puestos de helado y de clásicos panqueques rusos, que están en cada esquina y que lógicamente visité.

Tomsk, ciudad para relajarse y disfrutar de un buen pic nic a orillas del río Tom, en un banco de la vereda o en uno de sus parques verdes. Tomsk, ciudad para caminar, para descubrir sus escondidas estatuas temáticas, para admirar antiguos edificios e imaginar fantasmas en sus casitas de madera.

DATOS ÚTILES

–          Cómo llegar y cómo irse: en el Transiberiano, desde Krasnoyarsk o desde Novosibirsk, dado que no está en la línea del tren. Desde Kemerobo también es posible y es el punto más cercano. Aunque para llegar a Kemerobo hay que bajarse primero en Taiga. Desde Taiga hay buses a Tomsk, pero desconozco detalles. Desde Kemerobo hay un bus diario con varios horarios, y cuesta R 300, cuatro horas de viaje (muy pesado).

–          Dónde dormir: hay varios hostels pero no vale la pena quedarse. Con un día está más que bien para visitar y disfrutar la ciudad.

–          Qué comer: panqueques dulces y salados en uno de sus tantos puestos de la calle. Son un clásico entre los estudiantes. También un helado de “33 Pingüinos”.